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lunes, 4 de mayo de 2009
El levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos
Firmado por Diego Contreras Fecha: 27 Enero 2009
Roma.
La noticia del levantamiento de la excomunión a los cuatro obispos ordenados por el cismático Marcel Lefebvre, en julio de 1988, que integran la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, estuvo acompañada por la polémica a propósito de las declaraciones de uno de ellos, realizadas meses antes, en las que negaba la existencia del Holocausto judío.
“El Papa quita la excomunión a un obispo antisemita”, titularon algunos medios informativos, casi dando a entender que existía una relación entre el perdón y el antisemitismo, o bien interpretando la supresión de la sanción como si se tratase de un premio. De este modo, quedó en segundo plano la reflexión sobre el significado de ese gesto de Benedicto XVI, que supone un paso importante en la dirección de sanar el doloroso cisma surgido a raíz del Concilio Vaticano II, de cuyo anuncio se cumplen 50 años. También fue particularmente simbólico el hecho de que el decreto se publicara durante la semana de oración por la unidad de los cristianos.
El levantamiento de la excomunión está contenido en un decreto de la Congregación para los Obispos, firmado el pasado 21 de enero. Con este gesto, el Papa acogió la nueva petición formulada por el superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Mons. Bernard Fellay, en una carta del 15 de diciembre de 2008, escrita también en nombre de los otros tres obispos, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta.
En esa carta, Fellay manifestaba al Santo Padre la voluntad de “ser y permanecer católicos y de poner todas nuestras fuerzas al servicio del Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, que es la Iglesia católica romana. Nosotros aceptamos todas sus enseñanzas con ánimo filial. Creemos firmemente en el primado de Pedro y en sus prerrogativas y por ello nos hace sufrir tanto la actual situación”.
Aceptar el Vaticano II
Es bien sabido que Benedicto XVI ha tratado por todos los medios, desde su época de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de sanar esta división. Una muestra clara es que incluso –a los pocos meses de su elección como Papa– recibió en su residencia a monseñor Fellay. La aprobación, en julio de 2007, de la posibilidad de que se pueda celebrar la misa con el llamado rito antiguo, el misal de S. Pío V reformado por Juan XXIII en 1962, iba también en esa dirección.
Si el levantamiento de la excomunión es un paso significativo hacia la unidad, aún quedan pendientes otras muchas cuestiones. Por un lado, los seguidores de Lefebvre no han dicho claramente si aceptan “todo” el Vaticano II. Es significativo que en el comunicado con el que manifiestan su agradecimiento al Papa por la medida, eviten ser explícitos en ese punto y se limiten a subrayar que en las próximas reuniones con la Santa Sede la Fraternidad tendrá la oportunidad de “exponer las razones doctrinales de fondo que ella estima ser el origen de las dificultades actuales de la Iglesia”.
Pero las dificultades también se encuentran en cómo el episcopado, especialmente el francés, acogerá esta decisión del Papa, y si manifestarán o no la misma magnanimidad que ha mostrado Benedicto XVI. Eso supondrá, en alguna medida, hacer algo de autocrítica, especialmente a propósito del proceso de renovación litúrgica llevado a cabo en Francia (y en otros países), con algunos aspectos discutibles que provocaron, por rechazo, un endurecimiento de las posturas tradicionalistas encarnadas por los seguidores de Lefebvre. A eso habría que añadir el actual estado de debilidad del catolicismo francés, como muestra el hecho de que el pasado año los nuevos seminaristas fueron 120 para un total de 91 diócesis (40 de esos candidatos proceden de comunidades de “sensibilidad tradicional”).
Se puede discutir sobre la oportunidad de levantar la excomunión precisamente en estas circunstancias, cuando uno de los beneficiados –el inglés, Richard Williamson, de 69 años, procedente del anglicanismo– todavía es recordado por unas declaraciones antisemitas (de las que, por otra parte, se ha distanciado la misma Fraternidad).
No hace falta insistir en que las razones por las que el Papa ha retirado la excomunión son de tipo teológico y no tienen nada que ver con las absurdas opiniones personales de Mons. Williamson. En realidad, cabría darle la vuelta al argumento: esas ideas negacionistas son características de una mentalidad “complotista”, propias de grupos cerrados, que el proceso de unidad contribuiría decididamente a eliminar.
martes, 7 de abril de 2009
Itinerario del movimiento lefebvriano. Del cisma a la reconciliación
decisiones sobre los lefebvrianos, próximamente publicaré la carta, pero
antes expongo este Aceprensa que explica lo que fue el cisma de
Lefebre,esencial para entender todo este asunto.
Itinerario del movimiento lefebvriano
Del cisma a la reconciliación
Firmado por Aceprensa
Fecha: 27 Enero 2009
Mons. Marcel Lefebvre participó en el Concilio Vaticano II, y aunque
suscribió todos los documentos aprobados por la asamblea, se distinguió
por sus reparos a varios puntos, en los que veía deslizamientos
contrarios a la doctrina y a la tradición católica. Los principales
motivos de disconformidad eran las declaraciones conciliares sobre
libertad religiosa y ecumenismo, la enseñanza sobre colegialidad
episcopal y la reforma litúrgica.
Como señaló el entonces cardenal Joseph Ratzinger en el libro Informe
sobre la fe (1985), las objeciones tradicionalistas procedían de una
mala comprensión del Concilio, que en realidad no había roto con la
tradición. Pero la difusión de interpretaciones y aplicaciones abusivas
de la doctrina y la liturgia conciliares dio a Lefebvre y a muchos otros
un aparente confirmación de que el mal procedía del Concilio mismo y de
la autoridad de la Iglesia.
En 1970, Lefebvre renuncia a su sede episcopal de Tulle, por
incompatibilidad con los demás obispos franceses, y se dedica a
organizar un movimiento tradicionalista. Ese mismo año fundó en Suiza la
Fraternidad Sacerdotal Internacional San Pío X, que recibió la
aprobación temporal, por seis años, del obispo de Lausana, y al año
siguiente un documento de alabanza de la Congregación para el Clero.
Pero Lefebvre sube el tono de sus críticas, con fuertes ataques al
Concilio y a Pablo VI, y las publica en su libro Habla un obispo (1974).
Por eso, en 1975 la Santa Sede hace que se retire la aprobación de la
Fraternidad y ordena a Lefebvre cerrar el seminario que había
constituido en Êcone (Suiza). Lefebvre recurre, pero no se retracta, y
en 1976, contra la expresa advertencia del Papa, ordena 17 sacerdotes de
la Fraternidad, lo que le acarrea la suspensión a divinis.
Acercamiento y ruptura
Por entonces ya resultaba claro el influjo del factor personal, que
hacía muy difícil la reconciliación con Pablo VI y su curia. En 1978,
Lefebvre ve más posibilidades de entendimiento con Juan Pablo II, recién
elegido, con quien se entrevista en noviembre. El Papa dispone que se
reanude el diálogo entre la Fraternidad y la Congregación para la
Doctrina de la Fe, cosa que se hace, aunque Lefebvre no deja de verter
declaraciones hostiles.
En 1984, Juan Pablo II decide que se pueda dar un indulto para que los
amantes de la liturgia antigua la celebren legítimamente, y pide a los
obispos que hagan uso generoso de esta facultad, sin exigir más
condiciones que el reconocimiento de la validez de la liturgia nueva.
Aunque la cuestión litúrgica sea el punto de fricción más llamativo, las
diferencias decisivas eran de naturaleza doctrinal. Sin embargo, la
Santa Sede sabía que el distanciamiento respecto de la Iglesia, en
muchos seguidores de Lefebvre, no obedecía tanto a razones teológicas
como de sensibilidad. En palabras del cardenal Édouard Gagnon, que en
1987 realizó, por encargo de Juan Pablo II, una visita apostólica a las
instituciones de Lefebvre: "Muchos que están con Lefèvbre no comparten
sus opiniones: le siguen solo porque encuentran en sus comunidades una
práctica espiritual que no existe ya en otros sitios".
El indulto pretendía quitar un importante obstáculo psicológico para
facilitar el diálogo en los temas de fondo. Así, en mayo de 1988, tras
sesiones de trabajo conjuntas entre teólogos de la Fraternidad y de la
Congregación, Lefebvre se reunió con el cardenal Ratzinger y aceptó
firmar un protocolo con vistas a lograr la plena comunión con la
Iglesia. En ese documento Lefebvre declaraba aceptar ciertos puntos
esenciales del magisterio conciliar y se comprometía a un diálogo para
aclarar aquellos otros que a su juicio no concordaban con la tradición.
Por su parte, la Santa Sede prepararía un proyecto para regularizar la
situación de la Fraternidad dándole un estatuto jurídico conforme a las
normas canónicas, y sugeriría al Papa que nombrase obispo a un sacerdote
tradicionalista.
Juan Pablo II se mostró dispuesto a hacerlo de manera que el nuevo
obispo pudiera ser consagrado en agosto de ese mismo año, siempre que
primero Lefebvre le dirigiera una petición expresa de reconciliación
según el protocolo firmado.
Pero Lefebvre se echó atrás un día después de firmar, y anunció que el
30 de junio ordenaría cuatro obispos elegidos por él, sin cumplir la
condición exigida por el Papa. Así lo hizo, lo que supuso hacer un cisma
e incurrir en excomunión, junto con los cuatro obispos que consagró. Más
tarde, cuando Lefebvre estaba próximo a morir, Juan Pablo II le ofreció
levantarle la excomunión si daba una muestra de arrepentimiento, pero el
obispo falleció el 25 de marzo de 1991 sin reconciliarse con la Santa Sede.
Facilidades para volver
Tras el cisma, Juan Pablo II constituyó la comisión Ecclesia Dei, para
facilitar el retorno de los lefebvrianos que quisieran recuperar la
comunión. Para ellos se creó la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, un
instituto de derecho pontificio en el que pueden integrarse sacerdotes
tradicionalistas, con permiso para usar el rito antiguo. En 1998, unos
diez mil lefebvrianos que se habían reconciliado con la Iglesia
peregrinaron a Roma y fueron recibidos por el Papa.
En 2002 volvió a la unión con Roma una comunidad lefebvriana entera, la
Unión Sacerdotal de San Juan María Vianney, establecida en Brasil, que
contaba con 26 sacerdotes y unos 28.000 laicos. El año anterior, su
cabeza, el obispo Licinio Rangel, que había sido ordenado por los que
consagró Lefebvre en 1988, había escrito al Papa para pedirle la
readmisión y declarar su pleno reconocimiento de la autoridad
pontificia. Juan Pablo II aceptó la solicitud, levantó la excomunión a
Rangel y los sacerdotes, y erigió la Unión en administración apostólica
dependiente de la Santa Sede, con facultad para celebrar la liturgia
previa al Vaticano II.
Mientras el trabajo de la comisión Ecclesia Dei y la aplicación del
indulto de 1984 siguió logrando el paulatino retorno de
tradicionalistas, la Fraternidad fundada por Lefebvre tardó más en dar
algún signo de acercamiento. En 2005 el presidente, Bernard Fellay –uno
de los cuatro obispos consagrados por Lefebvre–, se entrevistó con
Benedicto XVI. Quedaron claras las diferencias, pero se acordó proceder
gradualmente para solventarlas.
Fue bien acogida por los tradicionalistas la decisión de Benedicto XVI,
promulgada en la carta apostólica Summorum Pontificum (2007), de
autorizar de modo general, como modo extraordinario de celebrar la misa,
la liturgia antigua según la última versión, aprobada por Juan XXIII en
1962.
Aceprensa
Faguilar le comenta:
El Papa ha escrito una carta a los obispos explicando sus últimas decisiones sobre los lefebrianos, próximamente publicaré la carta, pero antes expongo este aceprensa que explica lo que fue el cisma de Lefebre,esencial para entender la carta.
y le invita a leer un artículo de ACEPRENSA. Para leerlo acceda a la URL:
http://www.aceprensa.com/articulos/2009/jan/27/del-cisma-la-reconciliacion/
Saludos,
Aceprensa S.A
http://www.aceprensa.com
domingo, 18 de enero de 2009
Cambio de cuenta de correo
viernes, 26 de diciembre de 2008
La mayor parte de los que se infectan con el VIH en España son “gays”
La mayor parte de los que se infectan con el VIH en España son “gays”
El contagio homosexual vuelve a superar al heterosexual por primera vez desde 1994
Firmado por Rafael Serrano
Fecha: 24 Diciembre 2008
Los hombres homosexuales son una parte cada vez mayor de las personas que se infectan con el virus del sida (VIH) en España, como muestran las estadísticas de 2007. Al comentarlas la semana pasada, con ocasión del inicio de una nueva campaña de prevención, Teresa Robledo, secretaria del Plan Nacional del Sida, destacó que en los últimos años la información sobre el sida ha caído en el lenguaje políticamente correcto: se ha evitado asociar la transmisión del VIH a las relaciones homosexuales masculinas, aunque los datos señalan claramente a quienes las practican como una población de riesgo.
Los datos (siempre incompletos en España, pues diez comunidades autónomas no comunican estadísticas de infecciones al Registro Nacional de Sida) muestran que el contagio homosexual constituye el 42,8% de los diagnósticos hechos en 2007, con una progresión constante desde el 26,4% en 2003. La subida es aun más fuerte si se excluye a las mujeres: los gays han pasado del 34,7% al 55,6% de los hombres diagnosticados en un año. Esto se debe al aumento en términos absolutos de esta categoría de infección mientras bajaban las otras (inyección de drogas y relaciones sexuales entre hombre y mujer; la transmisión por transfusiones y la de madre a hijo casi no se dan), aunque no de modo ininterrumpido. Así, en 2007, por primera vez desde 1994, hubo más infecciones por vía homosexual que por vía heterosexual.
Sin embargo, las campañas masivas que el Ministerio de Sanidad viene llevando a cabo desde 1990 (“Póntelo, pónselo”) hasta la actual (“Yo lo pongo, yo controlo”) contra el sida, otras enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados se han centrado en difundir el uso del preservativo con un mensaje dirigido indiscriminadamente a la población en general y en particular a los jóvenes, como si el riesgo afectara a todos por igual, con independencia de sus hábitos. El peligro de este disparar al bulto es provocar una falsa sensación de seguridad y no reducir las conductas de riesgo, como advierten los especialistas en salud pública Jokin de Irala y Miguel Ángel Martínez (cfr. Aceprensa, 10-10-2007).
Entre los homosexuales, esas campañas parecen no haber calado, y ante el rebrote de las infecciones, el Ministerio emprendió otra dirigida a ellos el año pasado, también para que usaran el preservativo. Ahora se quiere completarla con la presentada la semana anterior (“Por ti, por mí, hazte la prueba”), que les recomienda someterse al análisis para detectar el VIH. Se pretende reducir el número de gays que están infectados y no lo saben, y por tanto pueden transmitir el virus con facilidad creciente a medida que transcurre el tiempo sin diagnóstico ni tratamiento y aumenta la carga viral. De ahí el objetivo de fomentar la detección precoz.
Pero los homosexuales presentan ya la menor tasa de diagnóstico tardío (el que llega cuando el interesado tiene ya menos de 200 linfocitos CD4 por mililitro de sangre): 26,7%, frente al 42,4% de los casos de transmisión heterosexual. Si pese a ello, tienen una tasa de infecciones tan desproporcionadamente alta, solo puede explicarse por una promiscuidad mucho mayor y el elevado riesgo de los contactos homosexuales, cosa que, si no es políticamente correcto decirla, tampoco constituye un secreto. El propio Ministerio, en la nota de prensa relativa a la nueva campaña, dice que “se va a intensificar la difusión de la campaña a través de Internet. Muchos hombres que practican sexo con hombres recurren a este medio para buscar y conocer a sus parejas sexuales”.
Si el índice de detección temprana es elevado y la promoción del preservativo no funciona, sería lógico pensar una campaña distinta, que aliente a un cambio de conducta en los homosexuales. Pero eso sería lo políticamente más incorrecto de todo. Unos especialistas en sida lo mencionaron en una guía para adolescentes (cfr. “El sexo más seguro”, Aceprensa, 1-12-2008), y los medios bienpensantes cayeron sobre ellos.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Un compromiso entre los abusos del mercado financiero y el control estatal
Un compromiso entre los abusos del mercado financiero y el control estatal
Los nuevos hábitos de la socialdemocracia
El debate teórico originado por la crisis mundial ha sido aprovechado también para plantear el problema en términos políticos: ¿basta con reformar lo económico o habrá que redefinir el modelo de Estado? Quienes proponen ese nuevo orden de cosas han desempolvado una palabra: socialdemocracia. Pero ¿qué significado puede asignársele en el contexto del mundo actual?
Firmado por Xavier Reyes Matheus
Fecha: 12 Diciembre 2008
La llamada de atención que han hecho muchas voces autorizadas para buscar un compromiso entre los desafueros del mercado financiero y el control estatal ha sido traducida por algunos como un programa de avance hacia el ideario socialdemócrata. Se presenta ahora éste como una radical oposición a las tesis del “Estado mínimo” identificadas con el pensamiento neoliberal, y pretende oponer valores como “solidaridad” y “lucha contra la pobreza” a otros como “desarrollo individual” y “crecimiento”. Pero la desorientación ideológica no deja muy claro el sentido de tales antonimias, y brega como puede con una cantidad de consideraciones fácticas que remiten al pasado, al presente y al futuro.
Crisis del socialismo europeo
Lo que muchos se preguntan es si los partidarios de la socialdemocracia están en condiciones de consensuar una propuesta clara a este respecto: las recientes elecciones internas del Partido Socialista francés han puesto en evidencia la multiplicidad de líneas divergentes cuyas colisiones han tenido en esta campaña visos casi cismáticos.
François Hollande, el jefe saliente del PS, ha deplorado “el demonio de la ambición personal” que impide una clarificación estratégica y vuelve difusas las líneas directrices de los diversos planteamientos: por un lado, la “transformación social” preconizada por Martine Aubry parece en realidad recurrir a viejas prácticas oportunistas con la integración indiscriminada de seguidores de Fabius y de Strauss- Kahn, los llamados “elefantes”; por el otro, una Ségolène Royal que califica a la socialdemocracia de “idea caducada” juega con conceptos hurtados a la derecha (“seguridad”, “agilidad” para las empresas), y desbarra hacia propuestas de extrema izquierda como la de colocar a los bancos bajo la directa supervisión de usuarios y empleados.
Una encuesta publicada por Le Monde muestra el escepticismo de los propios militantes de izquierda sobre la capacidad de los socialistas para actuar en temas como el paro, el poder adquisitivo o la inmigración, y sostiene que la opinión negativa más gravosa para el partido es la de que éste “no es dinámico”.
Para el caso de Italia, Ezio Mauro, director de La Repubblica, se queja de que el nuevo Partido Demócrata se ha limitado en realidad a “fusionar las nomenclaturas de católicos y ex comunistas, pero no las ideas, y anda inmerso en unas luchas internas de jefes y jefecillos que no interesan a nadie. La tragedia es que no hay debate real, no hay ideas, solo una sorda batalla por el poder”.
La crisis del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en las elecciones de Hesse se inscribe en la misma racha. Tras años de pacto con los demócrata-cristianos de la CDU –el partido de Angela Merkel–, la líder socialdemócrata en la región, Andrea Ypsilanti, se inclinaba por recuperar una línea reivindicativa capaz de devolver a su partido la personalidad que aquella coalición parecía haber disuelto. Ypsilanti prometió, durante la campaña para la presidencia del estado, no aceptar colaboraciones con La Izquierda (la formación radical compuesta de excomunistas del este y de los disidentes socialdemócratas de Oskar Lafontaine en la zona occidental). Pero he aquí que, en empate técnico con la CDU e incapaz de obtener la mayoría necesaria, Ypsilanti ha acabado por tender la mano hacia La Izquierda para escándalo de muchos miembros del partido. Con cuatro diputados de su bancadqa que se negaron a darle el voto, las pretensiones de la candidata se han frustrado.
Sobre la constatación de que en Europa las formaciones socialdemócratas han perdido trece de los últimos quince escrutinios, Liêm Hoang-Ngoc y Philippe Marlière llaman a la abjuración del Nuevo Laborismo implantado por Blair y a la instalación de un “auténtico New Deal”, en el entendido de que “los comicios futuros no se ganarán desde el ‘centro’” (Le Monde, 13-11-2008). Con perspectiva esencialmente electoralista concluyen los autores –sin advertir quizá la deslucida condición de suma cero a la que reducen a la izquierda– que “los electores que por despecho han llevado a las nuevas derechas europeas al poder pertenecen a las clases populares. La socialdemocracia tendrá que salir a su conquista o desaparecerá”.
La arenga polarizadora busca excluir posturas como la de Bertrand Delanoë, el alcalde de París que participó también en la reciente justa socialista francesa –de la que al fin decidió retirarse–, y cuyo eslogan, “Je suis libéral et socialiste”, basado en “la eficacia de la izquierda”, subvierte a los socialdemócratas a ultranza. Tanto como ha molestado a los liberales puros el llamado “Sarkocapitalismo”, que el presidente de Francia ha puesto por obra con la disposición a crear “fondos soberanos” con capital público para impedir que “las empresas francesas acaben en manos extranjeras” por un ínfimo precio.
Socialdemocracia y globalización
Ahora bien, en un artículo publicado en ABC (22-10-2008), Álvaro Delgado-Gal llama la atención sobre el hecho de que no es la intervención del Estado lo que define a la socialdemocracia, sino el propósito redistribuidor; un objetivo cuya herramienta por excelencia es el impuesto progresivo. Pero salvo el gobierno de Gordon Brown, que ha anunciado una subida del 40% al 45% en la carga impositiva para los que más ganan, el tema tributario ha sido soslayado por la mayoría de los líderes que han tratado las soluciones a la crisis; y, según ha revelado recientemente Nancy Pelosi, es más bien la rebaja de impuestos lo que está previsto en el plan de reactivación económica de Obama. El Foro Asia Pacífico, por su parte, se ha inclinado en su cumbre más reciente por más liberalización y por el rechazo del proteccionismo.
Un reciente artículo de Ulrich Beck (Le Monde, 24-10-2008) pone además en cuestión el hecho de que la “sociedad del riesgo global” permita soluciones autárquicas: “Por sí solo –dice el filósofo de la Universidad de Munich– un gobernante no puede combatir ni el terrorismo global, ni el desarreglo climático, ni atajar la amenaza de una catástrofe financiera. En otras palabras: la globalización de riesgos financieros podría engendrar también ‘Estados débiles’, incluso en los países occidentales”.
Ante tal realidad, la reacción que Beck describe como probable es para estar alerta: “La estructura estatal que emergerá de este contexto tendrá por características la impotencia y el autoritarismo post-democrático”, algo que puede dar origen a un círculo vicioso de cariz populista: “La impotencia de la acción política aumenta el riesgo, y por ende la angustia. Con una consecuencia paradójica: la angustia blanquea los errores políticos a la vez que crea las condiciones de su aparición. Mientras más acentúan las equivocaciones la angustia de la gente, más tienden a ser perdonadas”. La apertura de los Estados-nación a este mundo intercomunicado y lleno de riesgos es, según Beck, la “parte positiva” de tanto peligro inasible.
Parece, pues, volviendo a la opinión de Delgado-Gal (y según muestran casos como, por ejemplo, el de Brasil), que la redistribución hacedera debe pasar necesariamente por el fortalecimiento –gracias a un mejor marco regulatorio, entre otras cosas– del mercado. El mercado “no es sólo encomiable porque sume y concilie las preferencias individuales, y se erija, por este medio, en una expresión de libertad”, sino “porque dispersa el poder y rompe la estratificación en castas en que inevitablemente degenera una sociedad tutelada por pocos”.