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miércoles, 19 de noviembre de 2008

Qué es y qué no es dejar morir

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Qué es y qué no es dejar morir



Hannah Jones, la niña británica de 13 años que ha renunciado a someterse a un transplante de corazón, padece leucemia desde los cinco años. Para parar el cáncer, fue sometida a un tratamiento que le provocó graves daños en el corazón. Los médicos querían someterla a un transplante, pero ella lo ha rechazado porque la intervención no le garantiza la vida. Además, las medicinas que debiera tomar para evitar el rechazo del nuevo órgano podrían reactivar la leucemia.

Para Alicia Latorre, presidenta de la Federación Española de Asociaciones Provida, “Hannah tiene dos opciones, las dos son moralmente lícitas: asumir los riesgos del transplante y su tratamiento posterior con el fin de vivir unos años más o rechazar el transplante y esperar el momento natural de su muerte”.

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jueves, 13 de noviembre de 2008

¿Qué hacer con el capitalismo?

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¿Qué hacer con el capitalismo?



Ante el crash económico y financiero por el que atraviesa el mundo, la célebre “mano invisible” de Adam Smith se ha vuelto sospechosa de ser una mano negra. A la vez, lo súbito de la caída ha puesto en entredicho la capacidad de los expertos para dominar variables fundamentales a la hora de tomar postura: desde la firme defensa del sistema a las más radicales propuestas para sustituirlo, los gurús de la economía y de la política señalan caminos nuevos para el siglo XXI.

La ideología liberal, fuente o producto del sistema capitalista, ha sido llamada a declarar por la responsabilidad que le cumple en esta crisis. Pero ¿es a ella verdaderamente a quien debe sentarse en el banquillo? ¿O más bien se trata de juzgar problemas de otra índole?

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El capitalismo, un modelo desigual

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Las diferencias de renta crecen en la mayoría de los países de la OCDE

El capitalismo, un modelo desigual



Nadie niega que cierto grado de desigualdad de ingresos sirve para premiar el esfuerzo laboral, el talento y la innovación, y por lo tanto es un estímulo para el desarrollo. El problema aparece cuando esa desigualdad es muy grande y, además, no está suficientemente justificada por mejoras en la rentabilidad de las empresas.

Cuando la economía crece para todos se aceptan más fácilmente las disparidades en los ingresos. Pero cuando una crisis económica como la actual sacude el modelo capitalista, también se pone en cuestión el aumento de la desigualdad que se observó en los últimos veinte años. Sendos informes recientes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y de la OCDE llaman la atención sobre esta tendencia.

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domingo, 28 de septiembre de 2008

La ONU alerta contra las drogas sintéticas y el cannabis

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El consumo aumenta al amparo de leyes ingenuamente blandas y la falsa creencia de que no hacen daño

Firmado por Aceprensa
Fecha: 24 Septiembre 2008

“Las drogas son ilegales porque son peligrosas, no son peligrosas porque sean ilegales”. Lo dijo en una reciente entrevista Antonio Maria Costa, director de la UNODC, la Oficina de la ONU para las Drogas y el Delito (www.unodc.org). Ante los datos sobre el auge del consumo de drogas sintéticas y las legislaciones ingenuamente permisivas, la UNODC ha elevado el tono de sus advertencias. “¿A quién le gustaría que un piloto, un maquinista de tren o el chico que conduce el coche que viene de frente estuviera bajo los efectos de las drogas?”, pregunta el propio Costa.

Este organismo de la ONU ha hecho público en septiembre su informe de 2008 sobre estimulantes de tipo anfetamínico como el éxtasis. El informe subraya que el consumo de estas drogas se ha estabilizado en los países occidentales, pero la situación ha empeorado notablemente en el Sudeste Asiático y Oriente Medio. En Europa no ha aumentado el consumo pero se detecta poca sensibilidad ante los problemas derivados de las drogas sintéticas y cannabis.

Es significativo el fenómeno en los países latinoamericanos: en su lucha antidroga priorizan el control de los mercados de cocaína, pero no perciben como verdadera amenaza el consumo de estimulantes. El responsable de la UNODC ha alertado frente a tópicos ampliamente difundidos para justificar el uso de estas drogas (que cabría resumir en “las pastillas no matan ni extienden el sida”). En realidad, no son en absoluto inocuas y suelen servir como punto de partida para drogas más duras. Lo cierto es que el número de consumidores de drogas sintéticas en el último año supera al conjunto de quienes tomaron heroína o cocaína.

La población joven es la principal consumidora de drogas sintéticas. Esto explica el auge de su consumo detectado en el Sudeste Asiático y Oriente Medio, zonas con economías en crecimiento constante y con una población joven emergente.

Sin embargo, es preciso distinguir entre los motivos que llevan a consumirlas: mientras que en Asia suele ser para resistir más horas de trabajo, en Occidente están claramente vinculadas al ocio de fin de semana: entretenimiento en discotecas.

Para afrontar el problema la UNODC ha puesto en marcha el programa SMART (Synthetics Monitoring: Analyses, Reporting and Trends). Con él se pretende asesorar a los gobiernos, especialmente los de los países más vulnerables, para que se impliquen más en la lucha contra el consumo de éxtasis y otras drogas sintéticas: desde la actuación policial y el control de las principales rutas de estas drogas, hasta la reforma de las legislaciones más suaves o el desarrollo de campañas para sensibilizar a la opinión pública.

lunes, 22 de septiembre de 2008

La guerra a las grasas “trans”

Lunes, 22 de Septiembre de 2008




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Reportaje
La guerra a las grasas “trans”
Acciones


California, primer estado americano que las prohíbe en restaurantes para luchar contra la obesidad

California, año 2010. Ningún restaurante, cafetería o panadería servirá productos que contengan grasas “trans”. En 2011 tampoco podrán comercializarse en tiendas minoristas de productos horneados. Sólo los alimentos envasados estarán fuera de esta regulación. Saltarse la nueva ley que se aprobó el pasado mes de julio y que entrará en vigor en el plazo de dos años podrá costar al establecimiento transgresor entre 25 y mil dólares.

Firmado por Cristina Abad Cadenas
Fecha: 17 Septiembre 2008

El gobernador Arnold Schwarzenegger se ha mostrado muy satisfecho de que su estado sea el primero en declarar la guerra a las “trans”. La realidad es que los efectos de los ácidos grasos insaturados sobre la población californiana son alarmantes. Por ejemplo, el sur de Los Ángeles, la ciudad más grande de California, concentra el mayor porcentaje de restaurantes de comida rápida de la ciudad (un 45% frente al 16% de la ciudad) y el índice más elevado de obesidad infantil (un 29%). Por ello, el Ayuntamiento prohibió también el pasado mes la apertura de nuevos establecimientos de este tipo en la zona, medida que podría prolongarse otro año más.

California es el primer estado en prohibir estas grasas en restaurantes, pero sigue el ejemplo de otras ciudades norteamericanas como Nueva York, Filadelfia y Seattle. La cuestión se ha convertido en uno de los intereses del gobernador-actor que el pasado año ya prohibió su uso en la preparación de comidas para colegios.

La cuestión no preocupa sólo a Schwarzenegger. Desde marzo de 2004, la agencia reguladora de alimentos y medicamentos de Estados Unidos (FDA) exige a los fabricantes de alimentos que todas las etiquetas nutricionales contengan información sobre la presencia de grasas “trans” en cualquier producto, al igual que Canadá. Incluso existe un movimiento popular contra ellas similar a la campaña inglesa, Ban Trans Fats que insta a la población a desechar estos lípidos de las despensas.

En Europa, cuestión de etiquetas

El gobierno danés fue el primero de Europa en rechazar los ácidos grasos “trans” al aprobar en 2004 una ley que prohibía la presencia de más de un 2% de este lípido en cualquier alimento. Suiza también dio luz verde a una medida similar, tras publicarse un estudio que demostraba que más de un tercio de 120 productos analizados contenía un porcentaje excesivo de “trans”. En Islandia y Finlandia se ha reducido el consumo debido a la decisión de muchos productores de disminuir su presencia en sus artículos. Sin embargo, en otros países la cuestión no parece prioritaria y, para algunos expertos, se hace necesaria una legislación a nivel europeo que regule por lo menos el etiquetado. Pero todavía no hay unanimidad.

Lo cierto es que el tema es objeto de debate de la Comisión Europea que quiere desarrollar una política favorable a la disminución en la ingesta de nutrientes que supongan un riesgo para la salud cardiovascular, sobre todo de las grasas saturadas y “trans”.

En España, la estrategia NAOS del Ministerio de Sanidad y Consumo para combatir la obesidad procura reducir la presencia de estas grasas en los productos alimenticios, a través de un convenio firmado por la entidad con la industria alimentaria y las empresas de restauración, pero aún no existe una regulación, aunque sí una normativa más estricta de etiquetado nutricional. Por ejemplo, la mayoría de las margarinas ya no se fabrican a partir de estas grasas, pero realmente no existe ninguna obligación de cumplir con este compromiso.

¿Qué son las “trans”?

Son un tipo de ácido graso insaturado que se encuentra básicamente en alimentos industrializados sometidos a un proceso de hidrogenación y que aumenta los niveles de lipoproteínas de baja densidad (LDL) en la sangre al tiempo que disminuyen las lipoproteínas de alta densidad (HDL, lo que llamamos el “colesterol bueno”), provocando un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares.

Las grasas “trans” preocupantes son resultado de la manipulación industrial de ciertas grasas vegetales mediante hidrogenación, un proceso que se implantó a primeros de siglo pero que no se popularizó hasta los años 60 como sustituto de las grasas saturadas animales que, en exceso, tenían un efecto nocivo para la salud. De esta forma, se obtienen, de manera sencilla y económica, aceites muy útiles para la industria alimentaria que mejoran la perdurabilidad, el sabor y la textura de los productos.

Según los estudiosos estos ácidos grasos parecen incrementar el riesgo de padecimiento de enfermedades cardiovasculares, así como de cánceres y diabetes tipo II.

A finales de julio de 2006, la revista The New England Journal of Medicine concluía en una revisión sobre el tema que estos lípidos elevan el nivel de LDL o “colesterol malo”, disminuyen la presencia del HDL o “bueno”, favorecen la arteriosclerosis y aumentan el riesgo cardiovascular. “El consumo de grasas saturadas conlleva un considerable daño potencial y, sin embargo, ningún beneficio aparente”, afirmaban los autores del informe.

La publicación de este estudio provocó una oleada de reacciones. Cuatro grandes supermercados británicos se comprometieron a retirar los ácidos grasos “trans” de sus productos y, poco después, empresas como Kellogg’s, Nestlé o Cadbury Schweppes, anunciaron su intención de reducir o retirar por completo estos lípidos de sus artículos.

Desinformación y confusión

Bajo la denominación de “grasa vegetal hidrogenada” que aparece en las etiquetas españolas se esconden las grasas “trans”. Pero, según expertos como Raquel Bernacer, nutricionista de Unilever, empresa responsable de varias marcas alimenticias, como Flora o Knorr, eso no significa necesariamente que tenga ácidos grasos perjudiciales, ya que si se lleva a cabo una hidrogenación completa de las grasas vegetales, éstas se convierten en saturadas, y no se generan “trans”. Según esto, sólo cuando leemos “grasas parcialmente hidrogenadas” debemos entender que contiene “trans”.

Según la Fundación Española de Nutrición (FEN) “es bastante complicado hacer llegar a la población qué son exactamente las ‘trans’, cómo se generan, y por qué son dañinas, y tampoco se trata de crear una alarma general. Además, la ingesta de estas grasas en la población europea es bastante menor que la de grasas saturadas: entre 0,5% y 2% del aporte nutricional diario, frente a un 10,5-18% de grasas saturadas, según la agencia europea de seguridad alimentaria. El problema, en efecto, no está en el consumo ocasional, sino en el abuso de productos que contengan este tipo de grasas”.

Un problema “muy gordo”

La cuestión está en la cantidad. Según la Encuesta Nacional de Salud (ENS) de 2006, el 37,8 % de los españoles mayores de 17 años tienen sobrepeso y 15,6 % son obesos. La obesidad infantil, fenómeno desconocido en nuestras sociedades hasta fechas recientes, ya es un grave problema de salud pública que está obligando a los gobiernos a tomar medidas. La ENS de 2006 revela que el 8,9% de los niños y adolescentes de nuestro país son obesos. El problema de la obesidad radica en comer por encima de nuestras necesidades durante periodos de tiempo mantenidos.

De entre los países de la Unión Europea, España se sitúa entre los que tienen más obesidad infantil, junto a Italia, Malta y Grecia. Y dentro de nuestro país, el número de niños que sufre sobrepeso u obesidad es mayor en el sur (Andalucía, Murcia e Islas Canarias), en las zonas rurales y entre la población con un menor nivel educativo y de renta.

En California también es un problema la obesidad infantil. Durante el mes de agosto dos miembros de la Junta de Supervisores del Condado de Los Ángeles lanzaron una iniciativa que obligaría a cadenas de restaurantes a colocar en los menús la cantidad de calorías, grasa y sal. La discusión en Sacramento y en Los Ángeles se lleva a cabo mientras un estudio indica que el menú infantil de los restaurantes de comida rápida puede tener hasta más de mil calorías, lo que supone la cantidad de calorías que un niño de ocho años debe ingerir en un día.

Dos de cada tres adultos en el condado angelino viven con sobrepeso y alrededor del 28% de los niños, según datos del Departamento de Salud Pública. Para Harold Goldstein, director de California Center for Public Health Advocacy (CCPHA), uno de los problemas principales de la epidemia de obesidad radica en el tipo y la cantidad de comida que se ofrece en los restaurantes “chatarra”.

La reacción de los establecimientos no se ha hecho esperar. Daniel Conway, de la Asociación de Restaurantes del California, se ha mostrado contrario a la iniciativa por considerar que un gobierno local no debe “meter las manos” cuando ya hay una propuesta a nivel estatal que está siendo discutida.

Sobre la propuesta estatal, Conway dijo que las leyes deben ser flexibles para ajustarse a los diferentes restaurantes que existen en la industria. “Hay ocasiones en las que como consumidor no queremos ver cuántas calorías por plato y hay ocasiones en las que sí. La información debería estar disponible, pero no obligar al consumidor a verla si no quiere”.

© Aceprensa S.A.

viernes, 4 de julio de 2008

La red y el hábito del buen leer





Fuente: The Atlantic MonthlyFecha: 1 Julio 2008
“Antes era un buceador en el mar de las palabras. Ahora sobrevuelo la superficie como en un Jet Ski”. Quien escribe es Nicholas Carr, ex director de la Harvard Bussiness Review, en The Atlantic Monthly, una de las revistas más leídas por la élite progresista nortamericana. Provocativamente titulado “¿Está Google volviéndonos tontos?”, sus reflexiones han dado mucho que hablar.

“Tengo la sensación –dice Carr– de que Internet está entumeciendo mi capacidad de concentración y de observación. Mi mente se está acostumbrando a recoger información tal y como la distribuye la red: un flujo de minúsculas partículas que se mueven a gran velocidad”. El temor de Carr no se refiere a los contenidos de la web. Va más allá. Su preocupación reside en que la web puede estar dañando nuestros mecanismos mentales. Le inquieta el modo de leer propio del internauta, la manera y los criterios de seleccionar, de memorizar. Y más aún, el efecto demoledor que podría tener sobre la capacidad de concentración.

“Antes yo no pensaba cómo pensaba, pero sentía que mi conocimiento se fortalecía al leer. Sumergirme en un libro o en un artículo de fondo resultaba fácil. Mi mente podía seguir la narración o los giros del argumento, y podía gastar horas recorriendo los vericuetos de la prosa”. Así recuerda Carr los felices tiempos anteriores a la glaciación Internet. “Aquello me resulta cada vez más extraño. Ahora mi concentración comienza a dispersarse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar cosas que hacer”. La lectura pierde parte de su sereno encanto: “Siento que mi cerebro va a la deriva, que tengo que arrastrarlo para que vuelva al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en una lucha”.

El autor no pretende encender alarmas gratuitas e incendiarias, sino alertar sobre una dolencia que reclama soluciones. Sostiene que se trata de algo generalizado y de hecho se apoya en entrevistas a otros intelectuales internautas que comparten su turbación ante el fenómeno. Así, Bruce Friedman, editor de un blog especializado en medicina, dice que también él ha notado cómo Internet está alterando sus hábitos mentales: “Tengo ahora casi totalmente perdida la capacidad de leer y asimilar un artículo largo en la web o en forma impresa”. Carr recoge el relato personal de este patólogo de la Michigan Medical School, que afirmaba también que ahora es capaz de escanear breves pasajes de texto en múltiples fuentes de Internet, pero “ya no puedo leer Guerra y paz”. “He perdido la capacidad de hacerlo –admitía Friedman–. Incluso una entrada en el blog de más de tres o cuatro párrafos es demasiado para asimilarlo”.

Base científica

Carr reconoce que no hay una base científica sólida en la que apoyar sus afirmaciones, que solo pretende describir sus sensaciones y expresar sus miedos. No obstante, alude a algunos estudios, como el realizado por académicos de la University College London. Como parte de un programa de cinco años de investigación, los investigadores examinaron el comportamiento de los visitantes a dos populares sitios de investigación: la British Library y otra biblioteca virtual auspiciada por el Ministerio de Educación británico. Ambos ofrecen acceso on line a artículos de revistas, libros electrónicos, etc. Según explica el autor, “descubrieron que las personas que utilizan los sitios exhiben una forma de actividad superficial, saltando de una fuente a otra, y que rara vez regresan a una fuente ya visitada”. Los usuarios no solían leer más de una o dos páginas de un artículo o un libro antes de “rebotar” a otro sitio.
Nicholas Carr cita también las opiniones de Maryanne Wolf, psicóloga de la Tufts University de Boston. A Wolf le preocupa que el estilo de lectura promovido por la red pone la eficiencia y la inmediatez por encima de todo. “Esto puede debilitar nuestra capacidad para el tipo de lectura profunda que surgió con la tecnología anterior, la imprenta”. Para Wolf, lo que está en peligro es nuestra capacidad de abstracción, nuestra capacidad para interpretar el texto, para ejercitar las valiosas conexiones mentales que trabajan cuando leemos profundamente y sin distracción.

Adaptación tecnológica

Pero no todo son valoraciones pesimistas en el artículo del Atlantic. De hecho, anima a los lectores a ser “escépticos de su escepticismo”. Carr fundamenta en la opinión de otros expertos que la enorme plasticidad del cerebro puede llevar a que este se conforme de manera adecuada a las características de un nuevo modo de leer que conlleva el uso de las nuevas tecnologías. En esta línea, se refiere a cómo algunos medios escritos se contagian de la lógica de lectura on line y fundamentan sus estrategias en estos nuevos modos de leer: “En marzo de este año, The New York Times decidió dedicar la segunda y tercera páginas de cada edición a unos breves resúmenes de sus artículos de interior. El ejecutor de este rediseño, Tom Bodkin, explicó que esos ‘atajos’ darían a los lectores una rápida ‘degustación’ de las noticias del día, ahorrándoles el ‘menos eficiente’ método de hojear las páginas”.
La opinión expresada por Carr en el Atlantic ha recibido importantes apoyos en el mundo intelectual. Por ejemplo el pullitzer Leonard Pitts escribía recientemente en el Miami Herald que “al leer el artículo he descubierto que no soy solo yo quien está perdiendo el hábito de la lectura. A menudo logro solo digerir textos en pequeños bloques. Comienzo un texto de más páginas y enseguida me asalta un deseo irrefrenable de echar un vistazo a mi correo electrónico. Es todo así de disperso”. Pitts contaba un expresivo testimonio al respecto: “Hace unos días me pidieron que reseñara un libro. Tenía poquísimo tiempo para leerlo. Ha sido una fatiga tremenda, pero me impuse permanecer durante horas sentado en una silla incomodísima. Lo he conseguido, pero a final tenía una sensación de vacío, de culpa pro haberme alejado por tanto tiempo de mundo”.