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miércoles, 1 de diciembre de 2010
Vigilia de oración para la beatificación del cardenal John Henry Newman en Hyde Park (London, 18 de septiembre de 2010)
18 de septiembre de 2010
vatican.va
SALUDO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Hyde Park - London
Sábado 18 de septiembre de 2010
Hermanos y hermanas en Cristo
Ésta es una noche de alegría, de gozo espiritual inmenso para todos nosotros. Nos hemos reunido aquí en esta vigilia de oración para preparar la Misa de mañana, durante la que un gran hijo de esta nación, el cardenal John Henry Newman, será declarado beato. Cuántas personas han anhelado este momento, en Inglaterra y en todo el mundo. También es una gran alegría para mí, personalmente, compartir con vosotros esta experiencia. Como sabéis, durante mucho tiempo, Newman ha ejercido una importante influencia en mi vida y pensamiento, como también en otras muchas personas más allá de estas islas. El drama de la vida de Newman nos invita a examinar nuestras vidas, para verlas en el amplio horizonte del plan de Dios y crecer en comunión con la Iglesia de todo tiempo y lugar: la Iglesia de los apóstoles, la Iglesia de los mártires, la Iglesia de los santos, la Iglesia que Newman amaba y a cuya misión dedicó toda su vida.
Agradezco al Arzobispo Peter Smith sus amables palabras de bienvenida en vuestro nombre, y me complace vivamente ver a tantos jóvenes presentes en esta vigilia. Esta tarde, en el contexto de nuestra oración común, me gustaría reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de la vida de Newman, que considero muy relevantes para nuestra vida como creyentes y para la vida de la Iglesia de hoy.
Permitidme empezar recordando que Newman, por su propia cuenta, trazó el curso de toda su vida a la luz de una poderosa experiencia de conversión que tuvo siendo joven. Fue una experiencia inmediata de la verdad de la Palabra de Dios, de la realidad objetiva de la revelación cristiana tal y como se recibió en la Iglesia. Esta experiencia, a la vez religiosa e intelectual, inspiraría su vocación a ser ministro del Evangelio, su discernimiento de la fuente de la enseñanza autorizada en la Iglesia de Dios y su celo por la renovación de la vida eclesial en fidelidad a la tradición apostólica. Al final de su vida, Newman describe el trabajo de su vida como una lucha contra la creciente tendencia a percibir la religión como un asunto puramente privado y subjetivo, una cuestión de opinión personal. He aquí la primera lección que podemos aprender de su vida: en nuestros días, cuando un relativismo intelectual y moral amenaza con minar la base misma de nuestra sociedad, Newman nos recuerda que, como hombres y mujeres a imagen y semejanza de Dios, fuimos creados para conocer la verdad, y encontrar en esta verdad nuestra libertad última y el cumplimiento de nuestras aspiraciones humanas más profundas. En una palabra, estamos destinados a conocer a Cristo, que es "el camino, y la verdad, y la vida" (Jn 14,6).
La vida de Newman nos enseña también que la pasión por la verdad, la honestidad intelectual y la auténtica conversión son costosas. No podemos guardar para nosotros mismos la verdad que nos hace libres; hay que dar testimonio de ella, que pide ser escuchada, y al final su poder de convicción proviene de sí misma y no de la elocuencia humana o de los argumentos que la expongan. No lejos de aquí, en Tyburn, un gran número de hermanos y hermanas nuestros murieron por la fe. Su testimonio de fidelidad hasta el final fue más poderoso que las palabras inspiradas que muchos de ellos pronunciaron antes de entregar todo al Señor. En nuestro tiempo, el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, pero a menudo implica ser excluido, ridiculizado o parodiado. Y, sin embargo, la Iglesia no puede sustraerse a la misión de anunciar a Cristo y su Evangelio como verdad salvadora, fuente de nuestra felicidad definitiva como individuos y fundamento de una sociedad justa y humana.
Por último, Newman nos enseña que si hemos aceptado la verdad de Cristo y nos hemos comprometido con él, no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos. Cada uno de nuestros pensamientos, palabras y obras deben buscar la gloria de Dios y la extensión de su Reino. Newman comprendió esto, y fue el gran valedor de la misión profética de los laicos cristianos. Vio claramente que lo que hacemos no es tanto aceptar la verdad en un acto puramente intelectual, sino abrazarla en una dinámica espiritual que penetra hasta la esencia de nuestro ser. Verdad que se transmite no sólo por la enseñanza formal, por importante que ésta sea, sino también por el testimonio de una vida íntegra, fiel y santa; y los que viven en y por la verdad instintivamente reconocen lo que es falso y, precisamente como falso, perjudicial para la belleza y la bondad que acompañan el esplendor de la verdad, veritatis splendor.
La primera lectura de esta noche es la magnífica oración en la que San Pablo pide que comprendamos "lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano" (Ef 3,14-21). El apóstol desea que Cristo habite en nuestros corazones por la fe (cf. Ef 3,17) y que podamos comprender con todos los santos “lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo" de ese amor. Por la fe, llegamos a ver la palabra de Dios como lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero (cf. Sal 119,105). Newman, igual que innumerables santos que le precedieron en el camino del discipulado cristiano, enseñó que la "bondadosa luz” de la fe nos lleva a comprender la verdad sobre nosotros mismos, nuestra dignidad como hijos de Dios y el destino sublime que nos espera en el cielo. Al permitir que brille la luz de la fe en nuestros corazones, y permaneciendo en esa luz a través de nuestra unión cotidiana con el Señor en la oración y la participación en la vida que brota de los sacramentos de la Iglesia, llegamos a ser luz para los que nos rodean; ejercemos nuestra "misión profética"; con frecuencia, sin saberlo si quiera, atraemos a la gente un poco más cerca del Señor y su verdad. Sin la vida de oración, sin la transformación interior que se lleva a cabo a través de la gracia de los sacramentos, no podemos, en palabras de Newman, "irradiar a Cristo"; nos convertimos en otros “platillos que aturden” (1 Co 13,1) en un mundo lleno de creciente ruido y confusión, lleno de falsos caminos que sólo conducen a angustias y espejismos.
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En una de las meditaciones más queridas del Cardenal se dice: "Dios me ha creado para una misión concreta. Me ha confiado una tarea que no ha encomendado a otro" (Meditaciones sobre la doctrina cristiana). Aquí vemos el agudo realismo cristiano de Newman, el punto en que fe y vida inevitablemente se cruzan. La fe busca dar frutos en la transformación de nuestro mundo a través del poder del Espíritu Santo, que actúa en la vida y obra de los creyentes. Nadie que contemple con realismo nuestro mundo de hoy podría pensar que los cristianos pueden permitirse el lujo de continuar como si no pasara nada, haciendo caso omiso de la profunda crisis de fe que impregna nuestra sociedad, o confiando sencillamente en que el patrimonio de valores transmitido durante siglos de cristianismo seguirá inspirando y configurando el futuro de nuestra sociedad. Sabemos que en tiempos de crisis y turbación Dios ha suscitado grandes santos y profetas para la renovación de la Iglesia y la sociedad cristiana; confiamos en su providencia y pedimos que nos guíe constantemente. Pero cada uno de nosotros, de acuerdo con su estado de vida, está llamado a trabajar por el progreso del Reino de Dios, infundiendo en la vida temporal los valores del Evangelio. Cada uno de nosotros tiene una misión, cada uno de nosotros está llamado a cambiar el mundo, a trabajar por una cultura de la vida, una cultura forjada por el amor y el respeto a la dignidad de cada persona humana. Como el Señor nos dice en el Evangelio que acabamos de escuchar, nuestra luz debe alumbrar a todos, para que, viendo nuestras buenas obras, den gloria a nuestro Padre, que está en el cielo (cf. Mt 5,16).
Deseo ahora dirigir una palabra especial a los numerosos jóvenes presentes. Queridos jóvenes amigos: sólo Jesús conoce la "misión concreta" que piensa para vosotros. Dejad que su voz resuene en lo más profundo de vuestro corazón: incluso ahora mismo, su corazón está hablando a vuestro corazón. Cristo necesita familias para recordar al mundo la dignidad del amor humano y la belleza de la vida familiar. Necesita hombres y mujeres que dediquen su vida a la noble labor de educar, atendiendo a los jóvenes y formándolos en el camino del Evangelio. Necesita a quienes consagrarán su vida a la búsqueda de la caridad perfecta, siguiéndole en castidad, pobreza y obediencia y sirviéndole en sus hermanos y hermanas más pequeños. Necesita el gran amor de la vida religiosa contemplativa, que sostiene el testimonio y la actividad de la Iglesia con su oración constante. Y necesita sacerdotes, buenos y santos sacerdotes, hombres dispuestos a dar su vida por sus ovejas. Preguntadle al Señor lo que desea de vosotros. Pedidle la generosidad de decir sí. No tengáis miedo a entregaros completamente a Jesús. Él os dará la gracia que necesitáis para acoger su llamada. Permitidme terminar estas pocas palabras invitándoos vivamente a acompañarme el próximo año en Madrid en la Jornada Mundial de la Juventud. Siempre es una magnífica ocasión para crecer en el amor a Cristo y animaros a una gozosa vida de fe junto a miles de jóvenes. Espero ver a muchos de vosotros allí.
Y ahora, queridos amigos, sigamos con nuestra vigilia de oración para preparar nuestro encuentro con Cristo, presente entre nosotros en el Santísimo Sacramento del Altar. Juntos, en el silencio de nuestra adoración en común, abramos nuestras mentes y corazones a su presencia, a su amor y al poder convincente de su verdad. Démosle gracias especialmente por el testimonio perenne de la verdad, ofrecido por el Cardenal John Henry Newman. Confiando en sus oraciones, pidamos al Señor que ilumine nuestro camino y el camino de toda la sociedad británica, con la luz amable de su verdad, su amor y su paz. Amén.
sábado, 27 de noviembre de 2010
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI .Visita a los ancianos, casa de reposo San Pedro (London Borough of Lambeth, 18 de septiembre de 2010)
18 de septiembre de 2010
vatican.va
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
London Borough of Lambeth
Sábado 18 de septiembre de 2010
Mis queridos hermanos y hermanas
Me alegra mucho estar entre vosotros, los residentes de San Pedro, y agradezco a la Hermana Marie Claire y a la Señora Fasky sus amables palabras de bienvenida de parte vuestra. Me complace saludar también al Arzobispo Smith de Southwark, así como a las Hermanitas de los Pobres y al personal y voluntarios que os atienden.
Puesto que los avances médicos y otros factores permiten una mayor longevidad, es importante reconocer la presencia de un número creciente de ancianos como una bendición para la sociedad. Cada generación puede aprender de la experiencia y la sabiduría de la generación que la precedió. En efecto, la prestación de asistencia a los ancianos se debería considerar no tanto un acto de generosidad, cuanto la satisfacción de una deuda de gratitud.
Por su parte, la Iglesia ha tenido siempre un gran respeto por los ancianos. El cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te ha mandado» (Deut 5,16), está unido a la promesa, «que se prolonguen tus días y seas feliz en la tierra que el Señor tu Dios te da» (Ibid). Esta obra de la Iglesia por los ancianos y enfermos no sólo les brinda amor y cuidado, sino que también Dios la recompensa con las bendiciones que promete a la tierra donde se observa este mandamiento. Dios quiere un verdadero respeto por la dignidad y el valor, la salud y el bienestar de las personas mayores y, a través de sus instituciones caritativas en el Reino Unido y otras partes, la Iglesia desea cumplir el mandato del Señor de respetar la vida, independientemente de su edad o circunstancias.
Como dije al inicio de mi pontificado: «Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario» (Homilía en el solemne inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma, 24 de abril 2005). La vida es un don único, en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, y Dios es el único para darla y exigirla. Puede que se disfrute de buena salud en la vejez; aun así, los cristianos no deben tener miedo de compartir el sufrimiento de Cristo, si Dios quiere que luchemos con la enfermedad. Mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, sufrió de forma muy notoria en los últimos años de su vida. Todos teníamos claro que lo hizo en unión con los sufrimientos de nuestro Salvador. Su buen humor y paciencia cuando afrontó sus últimos días fueron un ejemplo extraordinario y conmovedor para todos los que debemos cargar con el peso de la avanzada edad.
En este sentido, estoy entre vosotros no sólo como un padre, sino también como un hermano que conoce bien las alegrías y fatigas que llegan con la edad. Nuestros largos años de vida nos ofrecen la oportunidad de apreciar, tanto la belleza del mayor don que Dios nos ha dado, el don de la vida, como la fragilidad del espíritu humano. A quienes tenemos muchos años se nos ha dado la maravillosa oportunidad de profundizar en nuestro conocimiento del misterio de Cristo, que se humilló para compartir nuestra humanidad.
A medida que el curso normal de nuestra vida crece, con frecuencia nuestra capacidad física disminuye; con todo, estos momentos bien pueden contarse entre los años espiritualmente más fructíferos de nuestras vidas. Estos años constituyen una oportunidad de recordar en la oración afectuosa a cuantos hemos querido en esta vida, y de poner lo que hemos sido y hecho ante la misericordia y la ternura de Dios. Ciertamente esto será un gran consuelo espiritual y nos permitirá descubrir nuevamente su amor y bondad en todos los días de nuestra vida.
Con estos sentimientos, queridos hermanos y hermanas, me complace aseguraros mi oración por todos vosotros, y pido vuestras oraciones por mí. Que Nuestra Señora y su esposo San José intercedan por nuestra felicidad en esta vida y nos obtengan la bendición de un tránsito tranquilo a la venidera.
¡Que Dios os bendiga a todos!
Saludo del Santo Padre a los niños
Queridos amigos
Me alegra tener la oportunidad de saludaros como representantes de tantos profesionales y voluntarios responsables de la protección de los niños en ámbitos eclesiales. La Iglesia tiene una larga tradición de cuidar a los niños desde su más temprana edad hasta la madurez, siguiendo el ejemplo del afecto de Cristo, que bendijo a los niños que le presentaban, y que enseñó a sus discípulos que, de quienes son como aquellos, es el Reino de los Cielos (cf. Mc 10,13-16).
Vuestro trabajo, realizado en el marco de las recomendaciones formuladas en primer lugar por el Informe Nolan y sucesivamente por la Comisión Cumberlege, ha brindado una contribución vital a la promoción de ambientes seguros para los jóvenes. Esto ayuda a garantizar que las medidas de prevención adoptadas sean eficaces, que se mantengan con atención, y que todas las denuncias de abuso se traten con rapidez y justicia. En nombre de los muchos niños a quienes servís y de sus padres, permitidme que os dé las gracias por el buen trabajo que habéis realizado y que seguís realizando en este campo.
Es deplorable que, en neta contradicción con la larga tradición de la Iglesia de cuidar a los niños, éstos hayan sufrido abusos y malos tratos por parte de algunos sacerdotes y religiosos. Todos nos hemos concienciado mucho más de la necesidad de proteger a los niños, y vosotros sois una parte importante de la respuesta de amplio alcance que la Iglesia está dando a este problema. Aunque nunca podremos estar satisfechos del todo, el crédito se debe dar cuando es merecido: hay que reconocer los esfuerzos de la Iglesia en este país y en otros lugares, especialmente en los últimos diez años, para garantizar la seguridad de niños y jóvenes y para mostrarles respeto a medida que se encaminan a la madurez. Rezo para que vuestro generoso servicio ayude a reforzar un clima de confianza y renovado compromiso con el bienestar de los niños, que son un don preciosísimo de Dios.
Que Dios haga fecunda vuestra labor y derrame sus bendiciones sobre vosotros.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Fwd: Viaje de Benedicto XVI al Reino Unido

Viaje de Benedicto XVI al Reino Unido
16-19 de septiembre de 2010
VERSIÓN INTEGRA DE LAS RESPUESTAS DEL PAPA A PERIODISTAS
RUMBO AL REINO UNIDO
Jueves 16 de septiembre de 2010
-Padre Federico Lombardi: Santidad, bienvenido entre nosotros y gracias por su
disponibilidad. Tenemos un grupo de setenta periodistas aquí presentes de
diferentes partes del mundo, y naturalmente algunos han venido desde el Reino
Unido para unirse ya desde el vuelo a nuestro grupo. Como de costumbre, los
colegas en los días pasados han ofrecido varias preguntas que le presentamos para
esta primera conversación al inicio de un viaje muy esperado y empeñativo, que
esperamos sea maravilloso. He escogido unas pregunta entre las que se han
propuesto. Las presento en italiano para no consarle demasiado. Los colegas se
ayudarán mutuamente si no comprenden bien el italiano.
Primera pregunta. Durante la preparación de este viaje se han dado discusiones y
posiciones contrarias. En la tradición del país se han dado fuertes posiciones
anticatólicas. Durante la preparación del viaje, Gran Bretaña ha sido presentada
como un país anticatólico. ¿Está usted preocupado por la manera en que será
acogido?
-Benedicto XVI: Ante todo buen día y buen vuelo a todos. Tengo que decir que no estoy
preocupado, pues cuando estuve en Francia se había dicho: "este es el país más
anticlerical, con fuertes corrientes anticlericales y con poquísimos fieles". Cuando fui a
la República Checa, se dijo: "este es el país más antirreligioso de Europa y el más
anticlerical, también". De este modo, todos los países occidentales, cada uno según su
modo específico, según la propia historia, tienen fuertes corrientes anticlericales y
anticatólicas, pero tienen también siempre una fuerte presencia de fe. En Francia y en la
República Checa vi y viví una calurosa acogida por parte de la comunidad católica, una
fuerte atención por parte de agnósticos, que sin embargo están en búsqueda, que quieren
conocer y encontrar los valores que permiten avanzar a la humanidad y estuvieron muy
atentos por si podrían escuchar de mí algo en este sentido, y la tolerancia y el respeto de
cuantos son anticatólicos. Gran Bretaña tiene su propia historia de anticatolicismo. Esto
es evidente. Pero es también un país con una gran tolerancia. Estoy seguro de que, por
una parte, habrá una acogida positiva de los católicos y de los creyentes, y que habrá
atención de cuantos buscan cómo ir adelante en este tiempo nuestro, así como respeto y
tolerancia recíproca donde hay anticatolicismo. Voy adelante con gran valentía y con
alegría.
-Padre Federico Lombardi: El Reino
Unido, al igual que muchos países
occidentales, es considerado como un país
secularizado, con un fuerte movimiento de
ateísmo que tiene incluso motivaciones
culturales. Sin embargo, se dan también
signos de fe religiosa, en particular la fe en
Jesucristo sigue siendo viva a nivel
personal. ¿Qué significa esto para católicos
y anglicanos? ¿Es posible hacer algo para
que la Iglesia sea una institución más
creíble y atractiva para todos?
-Benedicto XVI: Diría que una Iglesia que
busca sobre todo ser atractiva, estaría ya en
un camino equivocado. Porque la Iglesia no
trabaja para sí, no trabaja para aumentar los
propios números, el propio poder.
La Iglesia está al servicio de Otro, no está al propio
servicio, no está para ser un cuerpo fuerte, sino para hacer accesible el anuncio de
Jesucristo, las grandes verdades, las grandes fuerzas de amor y de reconciliación, que
han aparecido en esta figura y que vienen siempre de la presencia de Jesucristo. En este
sentido, la Iglesia no busca ser atractiva, sino que debe ser trasparente para que aparezca
Jesucristo. Y en la medida en que no está para sí misma, como cuerpo fuerte y poderoso
en el mundo, sino que se hace sencillamente voz de Otro, se convierte realmente en
transparencia de la gran figura de Cristo y de las grandes verdades que ha traído a la
humanidad, de la fuerza del amor. Si es así, es escuchada y aceptada. La Iglesia no
debería considerarse a sí misma sino ayudar a considerar a Otro, y ella misma debe ver
y hablar de Otro y por Otro. En este sentido, me parece también que anglicanos y
católicos tienen el mismo deber, la misma dirección que tomar. Si los anglicanos y los
católicos hacen ver que no se sirven a sí mismos sino que son instrumentos de Cristo,
amigos del Esposo como dice san Juan, si ambos siguen la prioridad de Cristo y no de sí
mismos, entonces avanzan juntos. Porque entonces la prioridad de Cristo los une y
dejan de ser competidores, cada uno buscando el número, sino que están unidos en el
compromiso por la verdad de Cristo, que entra en este mundo, y de este modo se
encuentran también recíprocamente en un verdadero y fecundo ecumenismo.
-Gracias, Santidad, tercera pregunta: Como es sabido, se ha visto, también por
recientes sondeos, que el escándalo de los abusos sexuales ha sacudido la confianza
de los fieles en la Iglesia. ¿Cómo piensa contribuir al restablecimiento de esta
confianza?
-Benedicto XVI: En primer lugar, tengo que decir que estas revelaciones han sido para
mí un shock, son una gran tristeza. Es difícil entender cómo fue posible esta perversión
del ministerio sacerdotal. El sacerdote, en el momento de la ordenación, preparado por
años para este momento, dice "sí" a Cristo para hacerse su voz, su boca, su mano, y
servir con toda la existencia para que el buen Pastor, que ama, que ayuda y que guía a la
verdad, esté presente en el mundo. Es difícil comprender cómo un hombre que ha hecho
y dicho esto puede luego caer en esta perversión. Es una gran tristeza, una tristeza
también que la autoridad de la Iglesia no fuera suficientemente vigilante y
suficientemente veloz y decidida para tomar las medidas necesarias. Por todo esto,
estamos en un momento de penitencia, de humildad, de renovada sinceridad, como
escribí a los obispos irlandeses. Me parece que ahora debemos vivir precisamente un
tiempo de penitencia, un tiempo de humildad, y renovar y aprender nuevamente la
sinceridad absoluta.

En cuanto a las víctimas, diría que hay tres cosas importantes. El primer interés son las
víctimas. ¿Cómo podemos reparar? ¿Qué podemos hacer para ayudar a estas personas a
superar este trauma, a reencontrar la vida, a reencontrar también la confianza en el
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mensaje de Cristo? Atención, compromiso con las víctimas, es la primera prioridad, con
ayudas materiales, psicológicas y espirituales.
Lo segundo es el problema de las personas culpables: la justa pena, excluirlos de toda
posibilidad de contacto con los jóvenes, porque sabemos que ésta es una enfermedad,
que la libre voluntad no funciona donde está esta enfermedad y, por lo tanto, debemos
proteger a estas personas de sí mismas y encontrar la manera de ayudarlas y excluirlas
de todo acceso a los jóvenes.
Y el tercer punto es la prevención y la educación en la elección de los candidatos al
sacerdocio. Estar atentos para que, según las posibilidades humanas, se excluyan futuros
casos. Quisiera en este momento también agradecer al episcopado británico por su
atención y por su colaboración tanto con la Sede de Pedro como con las instancias
públicas y la atención por las víctimas y por el derecho. Me parece que el episcopado
británico ha hecho y hace un gran trabajo. Por tanto, estoy muy agradecido.
-Padre Federico Lombardi: Santidad, la figura del cardenal Newman es
evidentemente muy significativa para usted. En el caso del cardenal Newman usted
hace la excepción de presidir su beatificación. ¿Piensa que su recuerdo puede
ayudar a superar las divisiones entre anglicanos y católicos? ¿Cuáles son los
aspectos de su personalidad que piensa subrayar de manera más clara?
--Benedicto XVI: El cardenal Newman es sobre todo, por una parte, un hombre
moderno, que vivió todo el problema de la modernidad, que vivió también el problema
del agnosticismo, de la imposibilidad de conocer a Dios, de creer. Un hombre que
estuvo durante toda su vida en camino, en camino para dejarse transformar por la
verdad en una búsqueda de gran sinceridad y de gran disponibilidad, para conocer,
encontrar y aceptar el camino para la verdadera vida. Esta modernidad interior de su
vida implica la modernidad de su fe. No es una fe en fórmulas de un tiempo pasado sino
una fe personalísima, vivida, sufrida, encontrada en un largo camino de renovación y de
conversiones. Es un hombre de gran cultura que, por una parte, participa en nuestra
cultura escéptica de hoy, en la cuestión de si podemos comprender algo de manera
cierta sobre la verdad del hombre y de cómo podemos llegar a la convergencia de las
verosimilitudes. Un hombre que, con una gran cultura de conocimiento de los padres de
la Iglesia, ha estudiado y renovado la génesis y el don de la fe, reconocida así la figura
esencialmente interior. Es un hombre de una gran espiritualidad, de un gran humanismo,
un hombre de oración, de una relación profunda con Dios y, por eso, de una relación
profunda también con los hombres de su tiempo.
Señalaría, por lo tanto, tres elementos en él: modernidad de su existencia, con todas las
dudas y los problemas de nuestro ser de hoy; una gran cultura, conocimiento de los
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grandes tesoros de la cultura de la humanidad, disponibilidad de búsqueda permanente,
de renovación permanente; y espiritualidad, vida espiritual con Dios. Estos elementos
dan a este hombre una grandeza excepcional para nuestro tiempo y por eso es una figura
de doctor de la Iglesia para nosotros y para todos, y también un puente entre anglicanos
y católicos.
-Padre Federico Lombardi: Última pregunta. Esta vista es una visita de Estado.
Así ha sido calificada. ¿Qué significa esto para las relaciones entre la Santa Sede y
el Reino Unido. ¿Hay puntos importantes de sin sintonía, sobre todo si se presta
atención a los grandes desafíos del mundo actual?
-Benedicto XVI: Estoy muy agradecido a Su
Majestad la Reina Isabel II, que ha querido dar a
esta visita el rango de visita de Estado, para
expresar el carácter público de esta visita y
también la responsabilidad común de la política y
de la religión ante el futuro del continente y el
futuro de la humanidad. Muestra la gran
responsabilidad común para que los valores que
crean justicia y política y que proceden de la
religión estén juntos en camino en nuestro tiempo.
Naturalmente, el hecho de que jurídicamente es
una visita de Estado no hace que mi visita sea un
hecho político, porque si el Papa es jefe de Estado
esto es sólo un instrumento para garantizar la
independencia de su anuncio y el carácter público
de su labor de pastor.
En este sentido, la visita de Estado mantiene sustancial y
esencialmente el carácter de visita pastoral, es decir, una visita en la responsabilidad de
la fe por la que existe el Sumo Pontífice, el Papa. Y este carácter de visita de Estado
pone en el centro de la atención precisamente las coincidencias entre los intereses de la
política y de la religión. La política sustancialmente busca garantizar justicia, y con la
justicia la libertad. Pero la justicia es un valor moral, un valor religioso, y así la fe, el
anuncio del Evangelio, entra en relación con la política en el punto de la justicia. De
aquí nacen los intereses comunes. Gran Bretaña tiene un gran experiencia y una gran
actividad en la lucha contra los males de este tiempo, la miseria, la pobreza, las
enfermedades, la droga, y todos estas luchas contra la miseria, la pobreza, las
esclavitudes del hombre, son también fines de la fe porque son fines de la humanización
del hombre para que se restituya la imagen de Dios contra las destrucciones y las
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devastaciones. El segundo deber común es el compromiso por la paz en el mundo y la
capacidad de vivir la paz, la educación en la paz, crear las virtudes que hacen al hombre
capaz de paz. Y finalmente, el elemento esencial de la paz es el diálogo de las
religiones, la tolerancia, la apertura del hombre al otro. Y esto es un objetivo profundo
tanto de Gran Bretaña, en cuanto sociedad, como de la fe católica: abrir el corazón, abrir
al diálogo, abrir a la verdad, al camino común de la humanidad y reencontrar los valores
que fundamentan nuestro humanismo.

domingo, 14 de noviembre de 2010
Fwd: EN LOS MOMENTOS DIFICILES. PIENSA Y... ¡ SE CREATIVO ¡
" NO CEJEMOS EN EL EMPEÑO HASTA EL ULTIMO MOMENTO"
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domingo, 7 de noviembre de 2010
DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI - 17 de septiembre de 2010
17 de septiembre de 2010
vatican.va
DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Lambeth Palace (London Borough of Richmond)
Viernes 17 de septiembre de 2010
Vuestra Gracia:
Me complace poder corresponder a la cortesía de las visitas que me ha hecho en Roma con una visita fraterna aquí, en su residencia oficial. Le doy las gracias por su invitación y por la hospitalidad que tan generosamente me ha brindado. Saludo también a los Obispos anglicanos llegados de diferentes partes del Reino Unido, a mis hermanos Obispos de las Diócesis Católicas de Inglaterra, Gales y Escocia, y a los asesores ecuménicos presentes.
Vuestra Gracias se ha referido al histórico encuentro que tuvo lugar en la catedral de Canterbury, hace casi treinta años, entre dos de nuestros predecesores, el Papa Juan Pablo II y el arzobispo Robert Runcie. Allí, en el mismo lugar donde Santo Tomás de Canterbury dio testimonio de Cristo con el derramamiento de su sangre, rezaron juntos por el don de la unidad entre los seguidores de Cristo. Continuamos hoy orando por este don, conscientes de que la unidad que Cristo deseó fervientemente para sus discípulos sólo llegará en respuesta a la oración, a través de la acción del Espíritu Santo, que renueva sin cesar a la Iglesia y la conduce a la plenitud de la verdad.
No es mi intención hablar hoy de las dificultades que el camino ecuménico ha encontrado y sigue encontrando. Dichas dificultades son bien conocidas por todos los presentes. Más bien, quiero unirme a ustedes en acción de gracias por la profunda amistad que ha crecido entre nosotros y por el notable progreso llevado a cabo en muchos ámbitos del diálogo durante los cuarenta años transcurridos desde que la Comisión Internacional Anglicano-Católica comenzó su labor. Encomendemos los frutos de ese trabajo al Señor de la mies, confiando en que bendiga nuestra amistad con un crecimiento significativo adicional.
El contexto del diálogo entre la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica ha evolucionado de forma espectacular desde la reunión privada entre el Papa Juan XXIII y el Arzobispo Geoffrey Fisher en 1960. Por un lado, la cultura que nos rodea se distancia cada vez más de sus raíces cristianas, a pesar de una profunda e intensa hambre de espiritualidad. Por otro lado, la creciente dimensión multicultural de la sociedad, especialmente marcada en este país, trae consigo la oportunidad de encontrar otras religiones. Para los cristianos, esto nos abre la posibilidad de explorar, junto a los miembros de otras tradiciones religiosas, formas de dar testimonio de la dimensión trascendente de la persona humana y de la vocación universal a la santidad, poniendo en práctica la virtud en nuestra vida personal y social. La cooperación ecuménica en esta tarea sigue siendo esencial, y ciertamente dará frutos en la promoción de la paz y la armonía en un mundo que, con tanta frecuencia, corre el riesgo de fragmentarse.
Al mismo tiempo, los cristianos nunca debemos vacilar en proclamar nuestra fe en la unicidad de la salvación que nos ha ganado Cristo, y en explorar juntos una comprensión más profunda de los medios que Él nos ha dado para alcanzar dicha salvación. Dios «quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), y la verdad no es otra que Jesucristo, Hijo eterno del Padre, quien reconcilió consigo todas las cosas con la fuerza de su Cruz. Fieles a la voluntad del Señor, tal como se expresa en este pasaje de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo, reconocemos que la Iglesia está llamada a ser inclusiva, pero nunca a expensas de la verdad cristiana. En esto radica el dilema que afrontan cuantos están sinceramente comprometidos con el camino ecuménico.
En la figura de John Henry Newman, que será beatificado el domingo, celebramos a un pastor, cuya visión eclesial creció con su formación anglicana y maduró durante sus muchos años como ministro ordenado en la Iglesia de Inglaterra. Él nos enseña las virtudes que exige el ecumenismo: por un lado, seguía su conciencia, aun con gran sacrificio personal; y por otro, el calor de su constante amistad con sus antiguos compañeros le condujo a investigar con ellos, con un espíritu verdaderamente conciliador, las cuestiones sobre las que diferían, impulsado por un profundo anhelo de unidad en la fe.
Vuestra Gracia, con ese mismo espíritu de amistad, renovemos nuestra determinación de buscar la unidad en la fe, la esperanza y la caridad, de acuerdo con la voluntad de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.
Con estos sentimientos, me despido de vosotros. Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros (cf. 2 Co 13,13).
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